La República Dominicana convive con una intensa actividad sísmica cada año debido a las múltiples fallas geológicas que atraviesan su territorio. De todas ellas, la más importante y extensa es la Zona de Falla Septentrional (ZFS). Este gigante geológico se extiende a lo largo de unos 228 kilómetros dentro del territorio nacional, cruzando todo el norte del país desde la bahía de Samaná hasta la bahía de Manzanillo, en Montecristi. A lo largo de la historia, esta estructura ha sido la responsable de los terremotos más devastadores en la región.
El impacto de un sismo de gran magnitud en esta falla se concentraría con mayor fuerza en la región del Cibao. Ciudades clave y densamente pobladas como Santiago de los Caballeros, San Francisco de Macorís, Concepción de La Vega, Salcedo, Moca y Nagua se han desarrollado a escasos kilómetros de esta amenaza. De acuerdo con los datos del censo nacional de 2022, solo entre Santiago (771,748 habitantes), La Vega (282,055 habitantes) y San Francisco de Macorís (202,716 habitantes), la población expuesta supera el millón doscientos mil ciudadanos, lo que evidencia el enorme riesgo humano en la zona.
Debido a su ubicación y características, reputados expertos internacionales en geología y sismología como Carol Prentice, Paul Mann y Eric Calais han calificado esta falla como una amenaza "muy peligrosa", especialmente para quienes habitan en la cuenca del Valle del Cibao. Los especialistas estiman que la estructura tiene el potencial definitivo para generar un terremoto con una magnitud superior a 7.0.
El peligro se hace más evidente al analizar el tiempo que la falla lleva acumulando energía. En junio de 1995, un equipo liderado por Carol Prentice, del Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS), realizó un estudio paleosísmico profundo en el tramo central de la falla, específicamente entre las comunidades de Licey y Cenoví. La investigación, publicada en la revista científica Tectonophysics, reveló que el último gran terremoto en esa sección ocurrió alrededor del año 1200 d.C. Esto significa que la falla lleva más de 820 años sin liberar energía de forma significativa.
Los científicos calculan que el terreno se desplaza a una tasa promedio de 6 a 12 milímetros por año, lo que se traduce en una deformación acumulada de entre 4 y 9 metros. Si toda esta energía retenida se liberara de golpe en un solo evento, el Cibao podría enfrentarse a un terremoto de magnitud 8.0 o incluso mayor.
A este escenario se suma una vulnerabilidad geológica propia de la región: la composición de sus suelos. El Valle del Cibao posee terrenos predominantemente limosos y arcillosos (suelos blandos), los cuales actúan como amplificadores de las ondas sísmicas. Cuando ocurre un temblor, se liberan cuatro ondas principales (P, S, R y L). Las Ondas P (primarias) son las más veloces y llegan primero, viajando a entre 5 y 6 kilómetros por segundo. Justo detrás viajan las Ondas S (de corte), a velocidades de 3 a 4 kilómetros por segundo. El gran peligro de los suelos blandos es que amplifican el tamaño de las ondas sísmicas, lo que prolonga la duración del sacudimiento y multiplica su poder destructivo.
La historia mundial respalda este peligro físico. Durante el devastador terremoto de México en 1985, las ondas sísmicas viajaron 350 kilómetros desde la costa del Pacífico hasta llegar al suelo blando de Ciudad de México, donde se amplificaron y provocaron una catástrofe que cobró la vida de miles de personas. De igual forma, en el terremoto de Haití de 2010, la combinación de suelos poco rígidos y edificaciones vulnerables causó una tragedia con un saldo de más de 200,000 víctimas mortales.Finalmente, el crecimiento vertical y urbano del Cibao especialmente en Santiago, donde ya se levantan torres de apartamentos que superan los 20 pisos plantea un desafío urgente. Aunque la infraestructura se ha expandido exponencialmente en las últimas décadas, todavía existe una cantidad considerable de construcciones que no cumplen con las normativas sismorresistentes necesarias. Estas edificaciones informales o vulnerables serían las primeras en sufrir daños severos ante una gran sacudida, ya sea proveniente de la Falla Septentrional o de cualquier otra estructura geológica activa de la zona.
Elaborado por: Oliver Roosevelt Sánchez Guillén
El autor es divulgador científico, articulista y comunicador especializado en meteorología y sismología, y reside en Santiago de los Caballeros
Correo: infooliverroosevelt@gmail.com
