Por: Luis Manuel Gómez Gatón
Lmgomezgaton@tutanota.com
La evolución del ventorrillo a «pulpería», transformado en bodega y finalmente en colmado de barrio, ha sido desde su inicio, en la década de los años 30 del pasado siglo, hasta este presente en que escribo, el brazo solidario de los sectores dominicanos.
El colmado, con su exposición de tramerías y mostrador, es y ha sido el proveedor de los insumos al detalle —la salsa, el salchichón y tantas otras viandas— para el plato del día de grandes multitudes y familias de los barrios, mediante el clásico «fiao», el «vale» o el apunte en el cuaderno, como un «aguante» hasta que llegue la remesa de la semana o el final de mes.
Este ciclo de la sociología del barrio aparenta haber llegado a su final, gracias a los “Comprobantes fiscales electrónicos” de la Dirección General de Impuestos Internos (DGII), empeñada, en su rol de recaudadora, en convertirse en la socia mayoritaria de cualquier microempresa de esquina o triciclero ambulante.
Los “Comprobantes fiscales electrónicos”, amparados en decretos del Poder Ejecutivo y en normas y resoluciones administrativas de la entidad, constituyen en los hechos el acta de defunción para este tipo de recurso comercial, del cual dependen personas que no cuentan con una capacitación administrativa ni con un nicho de empleo digno en el que dedicar sus habilidades, como cualquiera que se «busca» la vida del día a día.
Con la desaparición del colmado nos llega también la reflexión: ¿deben los colmaderos unirse de manera asociativa, mediante la debida asesoría legal y administrativa, para sobrevivir a este oleaje negro que nos arropa? ¿Es el Comprobante fiscal electrónico un acto desesperado de una administración de gobierno fracasada o una estrategia para ceder nuevos estratos de comercio a capitales dudosos y voraces?
Puede ser, y no lo dudo; pero, mientras tanto, es quizás el momento propicio para acudir a plumas privilegiadas del costumbrismo del barrio dominicano, como la de don Mario Emilio Pérez, para que deje constancia y epílogo de un bye-bye épico para el «fiao», por culpa de un maldito “Comprobante fiscal electrónico”.
