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Amor y amistad

Amor y amistad Por Manuel Hernández Villeta     La solidaridad, la fraternidad y el amor se perdieron en medio de los anuncios publicitarios. Hoy, el ser humano se justifica por su valor de intercambio comercial. Ni todo se compra ni todo se vende, pero el universo está marcado por un precio. El mensaje de lo que se estima excelente es lo que vale. El hombre o la mujer de ahora no pasan de ser simples agentes en esta red de vanidades. El personaje más destacado del momento es  la percepción que se puede convertir en realidad a golpe de una tarjeta de crédito. El día de la amistad y del amor no es más que el rugir de las cajas registradoras. La solidaridad es el regalo con cintas de rojo que se compra para la ocasión. El mundo está encajonado en que solo valen los que tienen para poder comprar su hora de libertad. Más allá de ese comercialismo estupido y desbordado hay realidades que no se pueden obviar. Hay una sociedad carcomida por el hambre, por la miseria, por la falta de oportunidades, por las madres solteras, víctimas de sus propias fantasías inconclusas. Recuerdo un seminario al cual asistí hace muchos años, donde se presentaba la realidad  condicionada por la literatura. Los paquitos de décadas atrás impregnaban normas y conductas de los niños, futuros adultos. Detrás de las proezas de los superhéroes estaba el surgir de una casta de ideas personalistas, donde las soluciones dependían del valor o providencialidad de un hombre, pero no de las ideas colectivas que enmarcaban la lucha por mejores condiciones de vida. Recuerdo como se descuartizó a las producciones de las novelitas de vaqueros, y su impronta en una sociedad del salvaje oeste norteamericano, que dibujada en el pasado  se intronizaba en el presente, donde justicia, libertad, equidad, descansaban sobre la estrella en el pecho de un representante de la ley. Pero el caso más revelador era Corín Tellado. Autora de novelas rosas cargadas de fantasías para quinceñearas, que se descubre en análisis sociales de hoy que más que caricaturizar el sentir de su época, era la forma de  vida de una juventud adocenada en los momentos de oro del franquismo. Era la mujer sometida a la búsqueda del empresario o adinerado, que de un golpe de cartera podía solucionar todos sus problemas. Corte racial donde sólo las rubias, piel blanca,  cintura y piernas perfectas tenían derecho a la felicidad. Hoy seguimos siendo víctimas de la manipulación de los creadores de percepciones. La solidaridad y hermandad entre todos los seres humanos debe ir más allá de un regalo envuelto en papel de múltiples colores, con un cintillo teniendo la palabra felicidades como una  consigna  absurda.Por Manuel Hernández Villeta

La solidaridad, la fraternidad y el amor se perdieron en medio de los anuncios publicitarios. Hoy, el ser humano se justifica por su valor de intercambio comercial. Ni todo se compra ni todo se vende, pero el universo está marcado por un precio. El mensaje de lo que se estima excelente es lo que vale.

El hombre o la mujer de ahora no pasan de ser simples agentes en esta red de vanidades. El personaje más destacado del momento es la percepción que se puede convertir en realidad a golpe de una tarjeta de crédito.

El día de la amistad y del amor no es más que el rugir de las cajas registradoras. La solidaridad es el regalo con cintas de rojo que se compra para la ocasión. El mundo está encajonado en que solo valen los que tienen para poder comprar su hora de libertad.

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Más allá de ese comercialismo estupido y desbordado hay realidades que no se pueden obviar. Hay una sociedad carcomida por el hambre, por la miseria, por la falta de oportunidades, por las madres solteras, víctimas de sus propias fantasías inconclusas.

Recuerdo un seminario al cual asistí hace muchos años, donde se presentaba la realidad condicionada por la literatura. Los paquitos de décadas atrás impregnaban normas y conductas de los niños, futuros adultos. Detrás de las proezas de los superhéroes estaba el surgir de una casta de ideas personalistas, donde las soluciones dependían del valor o providencialidad de un hombre, pero no de las ideas colectivas que enmarcaban la lucha por mejores condiciones de vida.

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Recuerdo como se descuartizó a las producciones de las novelitas de vaqueros, y su impronta en una sociedad del salvaje oeste norteamericano, que dibujada en el pasado se intronizaba en el presente, donde justicia, libertad, equidad, descansaban sobre la estrella en el pecho de un representante de la ley.

Pero el caso más revelador era Corín Tellado. Autora de novelas rosas cargadas de fantasías para quinceñearas, que se descubre en análisis sociales de hoy que más que caricaturizar el sentir de su época, era la forma de vida de una juventud adocenada en los momentos de oro del franquismo.

Era la mujer sometida a la búsqueda del empresario o adinerado, que de un golpe de cartera podía solucionar todos sus problemas. Corte racial donde sólo las rubias, piel blanca, cintura y piernas perfectas tenían derecho a la felicidad.

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Hoy seguimos siendo víctimas de la manipulación de los creadores de percepciones. La solidaridad y hermandad entre todos los seres humanos debe ir más allá de un regalo envuelto en papel de múltiples colores, con un cintillo teniendo la palabra felicidades como una consigna absurda.

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